A fondo

Parecerse a sí mismos: cómo La Fuerza construyó su identidad

10 sep 2026

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Con una mirada centrada en el oficio, lo local y el crecimiento sin atajos, La Fuerza construyó una identidad propia que la instaló en el mercado.

Comencemos por una escena. En un bar de Chacarita pasa algo que ningún plan de marketing previó. Una chica de 25 años prueba vermú, le gusta y vuelve días después con su abuela. La abuela analiza la carta y recuerda que ella también tomaba vermú, que en su casa siempre había una botella. Piden dos copas, comparan sabores: la conversación fluye sola. Un vínculo que llevaba décadas cerrado se vuelve a abrir y genera conexión, conversación.

Esa escena resume mejor que cualquier indicador lo que hizo La Fuerza desde su apertura en 2018. No salió a disputar un lugar en la góndola frente a otro vermú. Salió a reinstalar un ritual que el mercado daba por agotado: el aperitivo, la mesa compartida, la sobremesa. Y lo hizo con una decisión que parece sencilla, pero es la más difícil de sostener en el tiempo: no copiar a nadie, hacer un producto que se pareciera a sí mismo.

Julián Díaz es uno de los cuatro amigos que fundaron el proyecto. En su experiencia se encuentran 878, que abrió en Villa Crespo a los 22 años, la recuperación del bar notable Los Galgos y de la pizzería Roma del Abasto. Es además quien piensa las mesas a las que llega La Fuerza. La historia de un vermú argentino ilustra una idea que excede a la gastronomía: la identidad propia es algo que se construye, decisión a decisión, y que termina siendo el activo más valioso de un proyecto.

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Construir una cultura, no un mercado

Argentina es un país históricamente bebedor de vino, lo cual es una rareza en la región. Tiene además una cultura del aperitivo de las más arraigadas del mundo, y un gusto por lo amargo y lo herbal que tiene parentesco con el mate. Esa cultura se construyó, durante más de un siglo, sobre marcas de origen extranjero. Teníamos el ritual, ahora podíamos hacer algo renovando la tradición con hierbas y vinos locales.

La decisión fundacional de La Fuerza fue leer ese espacio no como una porción de mercado a capturar, sino como una cultura, una tradición que vive en las conversaciones, en la memoria de las familias, en la mesa del domingo. Desde afuera, la apuesta parecía una jugada perdida. Lo que La Fuerza intuyó es que esa tradición estaba dormida, y que un producto nuevo podía reconectar a la gente con algo que ya era suyo.

Tampoco hubo estudio de mercado en el origen. Hubo cuatro amigos con formaciones muy distintas, entre la cocina, el vino, la comunicación y el mundo corporativo, y una idea que empezó como una barrica de vermú para 878. Desde el primer día fue una exigencia clave hacerlo a fondo, con roles claros y pretensión profesional, para que el proyecto tuviera condiciones de crecer si el producto lo merecía.

No copiar la receta

El proceso creativo empezó de manera casi lúdica. Tanques de acero en Mendoza, vino y hierbas adentro, pruebas que se colaban, se embotellaban y viajaban a Buenos Aires para ser juzgadas sin piedad. Muchas volvían con el mismo veredicto: “esto es feísimo, sacalo”. Durante casi dos años la consigna fue la misma. No había una receta a imitar y no se buscaba una.

Sobre ese juego se fueron tomando decisiones que definen el producto. Vinos Malbec y Torrontés, dos cepas que son identidad argentina. Hierbas silvestres locales, con la artemisia cordillerana en el lugar del ajenjo europeo. Alcohol de vino en lugar del alcohol de cereal que usa la industria. Nada de colorantes, conservantes ni esencias. Cada una de esas decisiones es un atajo descartado. Hay cosas a las que no se renuncia en nombre de la eficiencia.

El momento decisivo llegó cuando las pruebas empezaron a mostrar un perfil distinto al de los vermús clásicos. La tentación obvia era corregirlo para acercarse a lo conocido. La decisión fue la contraria, profundizar la diferencia. Que el vermú no se pareciera a una referencia, sino a sí mismo.

Esa lógica se extendió a toda la marca. La etiqueta habla en castellano, evita los apellidos italianos y las fechas de fundación de fantasía que eran la norma de la categoría. Parecerse a sí mismo es una decisión de producto que cuesta tiempo, dinero y paciencia, y es también lo único que ningún competidor puede imitar.

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El bar como laboratorio

Un producto distinto enfrentaba un problema concreto. Había que convencer a gente que nunca había tomado vermú, o que lo asociaba con otra época. Lo que en el vino argentino había llevado décadas de educación del consumidor, La Fuerza quería lograrlo en poco tiempo.

La respuesta fue abrir un bar. En la experiencia de Julián, un bar no es solo un negocio gastronómico, es un producto cultural con reglas propias. Por eso La Fuerza nunca quiso llamarse vermutería. Quiso ser un bar de barrio, con productores locales en la carta, en una Chacarita donde casi no había nada. El bar cumplió tres funciones a la vez. Fue punta de lanza para dar a conocer el producto. Fue el motor económico que permitió reinvertir y hacer crecer el proyecto. Y fue, sobre todo, un tubo de ensayo.

Ahí apareció lo que ningún informe anticipaba: se suponía que la gente tomaría un vermú antes de comer y después pasaría al vino, y en cambio se quedaba con el vermú durante toda la comida. Se suponía un público mayormente masculino, y resultó ser mayoría femenino. El sistema de recarga del envase, con diferencia de precio, mostró que había disposición a un circuito distinto.

Como menciona Blas, las empresas compran estudios de tendencias, y todas terminan mirando la misma información. Lo que vale no es eso, que cualquiera puede tener, sino anticiparse con una idea propia de lo que va a pasar. La ventaja no está en la estadística, sino en la historia, en la filosofía, en la conexión entre cosas, en saltar hacia lo que todavía no existe. Y para eso hay que estar donde está la gente. 


La identidad propia es el activo más valioso de un proyecto

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